Tardes de guaracha

La escena se despliega sobre un canvas blanco y fresco, con detalles en turquesa brillante y verde chatre.

La sala de mi abuela como un compendio de su persona –moderna, enérgica y un toque excéntrica– se desborda de vida aún sin gente. Una brisa persistente alborota a las persianas. El estéreo entona a todo pulmón alguna guaracha risueña o un bolero melancólico. Los tres reyes magos conviven con Isis y sus pirámides sin enterarse de su incongruencia.

Así pudiera ser, pero nuestra escena no es bodegón. En la cocina se escucha el chachareo de mi abuela y mi madre, recogiendo y empacando las sobras del almuerzo, hablando de no sé qué. Desde allí regresa mi hermana y se sienta a la mesa de la sala, donde sólo quedan medio sorullito y unos granos de arroz realengos que dan fe a nuestra jartera. Juega levemente con el lazy susan, absorta ante su teléfono o en sus propios pensamientos. Siempre pasa unos minutos así después de comer en familia, solitaria pero conforme.

Mi padre en el sofá espera su cafecito, oferta que nunca rechaza. Habitualmente está leyendo algo, o preguntando algo, o tratando de escuchar atento algún dato que desconocía, su interés tatuado en la sien y evidente en la inclinación exagerada de su cabeza. Sin embargo hoy hace muecas en silencio, pantomima indescifrable.

Mi abuelo lo acompaña pero no se sienta nunca. Como si estuviera poseído de un espíritu benigno, da pasitos por doquier mientras toca el tambor de su panza al compás preciso de Dos Gardenias. Yo me le interpongo y mi abuelo me acoge en su baile, con ternura y sin perder el ritmo. Respiro su aroma de talco y jabón mientras él tararea la letra de la canción por los 30 segundos que le restan.

Al rato emerge mi madre con contenedores plásticos llenos de arroz, habichuelas y carne guisada. “¿Nos vamos?”, dice sin preguntar y sin aliento, porque como mi abuela no deja de emprender una tarea tras otra.

Nos levantamos para la primera despedida y la sala se vuelve un mejunje de brazos y abrazos. Mi abuela comienza a repartir sus bendiciones y cariños con un “Ok” cuya inflexión delata su desilusión resignada.

“Oh-keeei, Dios te bendiga”

“Oh-keeei, te amo”

“Oh-keeei, nos vemos pronto”

Terminada la procesión a la entrada del condominio, la segunda despedida es más ligera y más alegre, teñida del optimismo contagioso de un sol anaranjado y agradable.

Soñolientos y satisfechos, el camino hacia el carro se nos hace interminable, porque esta vez nos estacionamos en el parking de invitados en vez de ilegalmente frente al edificio. Con los cinturones abrochados y los contenedores en las faldas, damos una vuelta superflua para entablar la tercera despedida.

Saludamos desde el carro y soplamos besos como si fuéramos realeza. Mis abuelos nos devuelven el gesto, y me pregunto qué expresión llevan sobre el rostro cuando se giran entorno al apartamento, la visita oficialmente concluida.

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